Decidir qué hacer con las dudas.
Saltar al abismo.
Volver a creer.
Soltar los apegos.
Caminar en al cuerda floja con paso seguro.
Ver las noticias y tratar de entender lo que mueve a la gente para actuar como actúa.
Sentir que de a poco nos vamos alejando de lo humano.
Saber que estamos entrando en una seria crisis social y de valores.
Tener dos lugares para escaparse y saber que por ahí no te dan VISA.
Pensar en hacer lo tuyo y preguntarte: ¿será que vale la pena en Bolivia, hoy por hoy?
Ordenar la biblioteca y darse cuenta que hay más de cien títulos que ni hojeaste.
Escucharse a una misma diciendo: "tengo que trabajar, tengo que trabajar".
Ponerse bien puesto el cinturón y hacer lo que a una le da la gana. En realidad esto último viene siendo lo más fácil. Tal vez sólo hace falta dejarse caer.
martes, 23 de septiembre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Paradoja
Ella estaba segura de quererlo. Había pensado mucho en sus labios, en sus ojos. Le gustaba su pelo cano, medio largo, enrulado. Estaba sola hacía mucho tiempo y él, parecía reunir una serie de condiciones que a ella le atraían como para estar con alguien.
Estar...¿Qué es estar con alguien?¿Salir?¿Hacer el amor?¿Besarse, conversar, tomar helados, ir al cine, compartir una casa?
Ella ya no sabía qué era eso. Él, no quería eso. En apariencia, porque se ponía rígido cuando ella se acercaba demasiado. Y ella intuía que no quería que lo bese, que lo toque. No otra vez. Hacía un mes que habían dormido juntos. A ella le costó levantarse de la cama e irse. Las sábanas estaba deliciosamente calientes.
Él no dio la talla. A los dos días, la dejó plantada. -Será más fácil así-, pensó. Ella se quedó en silencio, cerca, intentando darle otro beso, cuantas veces coincidieron, en cuanto lugar coincidieron.
Ella es una mujer hermosa, elegante, alta y delgada, con enormes ojos verdes y una cabellera rojiza que la hace totalmente deseable. Él no es más que un flaco desgarbado, sin ninguna gracia.
Así son estas cosas, amores ciegos, gustos raros...El día a día de la sociedad líquida.
Estar...¿Qué es estar con alguien?¿Salir?¿Hacer el amor?¿Besarse, conversar, tomar helados, ir al cine, compartir una casa?
Ella ya no sabía qué era eso. Él, no quería eso. En apariencia, porque se ponía rígido cuando ella se acercaba demasiado. Y ella intuía que no quería que lo bese, que lo toque. No otra vez. Hacía un mes que habían dormido juntos. A ella le costó levantarse de la cama e irse. Las sábanas estaba deliciosamente calientes.
Él no dio la talla. A los dos días, la dejó plantada. -Será más fácil así-, pensó. Ella se quedó en silencio, cerca, intentando darle otro beso, cuantas veces coincidieron, en cuanto lugar coincidieron.
Ella es una mujer hermosa, elegante, alta y delgada, con enormes ojos verdes y una cabellera rojiza que la hace totalmente deseable. Él no es más que un flaco desgarbado, sin ninguna gracia.
Así son estas cosas, amores ciegos, gustos raros...El día a día de la sociedad líquida.
lunes, 8 de septiembre de 2008
En picada

¿Sabes lo que es caerse de las nubes? Probablemente no tengas idea. Estaba volando muy alto, casi casi había tocado un cielo, no el que cuentan en la Biblia, no el idílico. Digamos un techo, un lugar al que quería llegar y hacia donde había orientado toda búsqueda.
Llegué. Toqué una puerta, esperé que me abrieran. Pero nada. No sucedió y no va a suceder. ¿Por qué? "Tengo terror", me dicen. ¿Sabes lo que es negarse la posibilidad de querer a alguien por terror? Qué tontería, ¿verdad?
Así me encontré con ese corazón agazapado, enjaulado, triste, desgastándose en la inutilidad de sufrir por culpa de un fantasma. Por culpa propia también. Necesidad vana de autocastigarse y negarse la oportunidad de dar un paso más allá. Detenido. Qué lástima.
Entonces, tras la negación de aceptar que se muere porque lo amen, el corazón se cayó en picada, desde su techo. Se estrelló en el asfalto y despertó magullado, con la enorme duda de recomponerse y volver a caminar.
Yo, aunque me caí y me lastimé las alas una vez más, he decidido volver a pararme. Siempre hay algo más, siempre hay un motivo para estar de pie.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Siempre hay algo más
Hace tiempo dejé este espacio. Hoy, hay más ganas que antes y más historias para compartir.
-Lo siento por las manías-, dije medio riendo. Respiré profundo y volví a retomar una explicación que nadie me había pedido:-mi casa está patas arriba. No he ordenado mucho. La tele...perdón, está prendida porque esta es la hora en la que me despierto todos los días. Esto de estar tanto tiempo sola, me hace perder la costumbre de tener a otro de quien ocuparme-.
Él sólo dijo que mi cuarto le gusta mucho; lo dijo varias veces. Me quedó claro. Y bueno, a mí me gusta mucho mi escondite. Él me preguntó de quién me escondo.Pensé "de mí misma, de tí, de situaciones como esta". Y respondí con una mentira, contándole que no me escondo de nadie, que mi cuarto me gusta y que prefiero pasar ahí varias horas.
Llegamos de día y no le pude enseñar el efecto de la lámpara turquesa -se rió por el comentario tan "chulo". Por tanto, no pude dormir, ni una hora seguida. Él sí, hasta roncó. Extrañamente no me molestaron los ronquidos. Tal vez porque el chico es tan lindo, que lo disculpo.
¿Cómo hace una para abrir un espacio y tiempo paralelos en la vida?¿Así como para no separarse nunca de un encuentro casual del que te has enamorado en dos minutos y volverlo esencial? No tengo ni una idea.
Y tal vez es mejor que no se convierta en nada más, ni serio, ni importante, ni nada. Mejor que pase, que me siga haciendo cosquillas en la panza y que me deje recordar la buena onda, el saber poco o nada.
No se había metido nunca en la cama de una escritora; yo no había metido un hombre de verdad en mi cama hace mucho.
Me di cuenta esta mañana cuando desperté, que no tenemos forma de contactarnos. Y tal vez hoy sólo importe la sensación de sus labios en los míos y esta especie de vértigo.
martes, 22 de mayo de 2007
De lo platónico
La noche había llegado sin ninguna promesa. Me sentía agotada, melancólica tal vez y con una sensación de tener los huesos en pedacitos. A pesar del malestar, llegué a mi casa y me cambié de ropa, me compuse un poco la mirada (venía de días sin dormir bien y comer poco) y salí a escuchar buena música a un bar. Así, sin expectativas, sin intenciones (ni buenas ni malas).
En medio de la interpretación de la banda (una versión acústica, que no interesa cuál es, así como no viene al caso mencionar quién tocaba), me di cuenta de lo que iba a pasar a partir de ese momento: había encontrado una suerte de amor, en el lugar menos esperado, la noche menos esperada. Digo suerte, porque se trata de un amor platónico que no sabía que estaba alojado en mi corazón. Lo descubrí, sentado en medio de un mundo de gente, con esa presencia suya tan intensa, de pronto contratastada por sus canas y esa mirada inocente y pícara a la vez.
Entonces, se dio la magia. Explosión de estrellas en el corazón, fuegos artificiales en la panza, tensión repentina en la garganta y la necesidad de tocar sus manos. Qué difícil tener la intención y no poder sencillamente acercarte como quieres.
El tiempo hizo lo suyo y poco a poco, terminamos frente a frente, conversando. A pesar del alcohol, se sentía lucidez en sus palabras y mucha cercanía.
Después de contarnos un poco el sentimiento, nos despedimos sin haber transgredido en nada las líneas del respeto. Y claro, es por eso que se convirtió en platónico.
Y a raíz de este encuentro (o re-encuentro de almas, como descubrí después), me quedé pensando en lo que significa amar platónicamente y si a estas alturas cabe o no en la vida de una persona arriesgarse a albergar tremendo sentimiento.
Llegué a hilar algunas ideas al respecto:
1. Según dicen por ahí, lo platónico es un absurdo. Si es amor, o queremos que sea amor, debería incluir piel, sangre, besos, cuerpos fundiéndose en una misma llama.
2. Lo platónico sólo es sueño, es ideal, utopía. Es abrir una ventana a una posibilidad y después abrir la puerta y esperar que de pronto un beso haga esto real. O que se dé un contacto distinto.
3. El miedo inunda, porque si abres la puerta, pasas las fronteras, las propias y seguramente las del otro, para dejar de ser ajenos. Entonces, muta y ya no sé si el sentimiento se mantiene tan virginal y diáfano.
4. Alimentar un sentimiento que nace de la nada, cuando no se puede hacer nada al respecto, duele y aunque el corazón late y fluye la sangre de otra manera y de pronto eres más feliz por el simple hecho de sentir algo tan hermoso, tal vez no hace más que atormentar.
5. Al ser platónico, es tan de lejos. Justamente no hay piel, no hay nada que vaya a quebrantar el sentimiento. No intervienen justificaciones, preguntas, respuestas. Sólo es lo que es.
6. Es injusto. Yo no sé por qué pasan estas cosas. No alcanzo a entender por qué te ponen a alguien delante o te pones delante de alguien con quien no puede pasar nada. Es como que te dicen: ¿quieres?, compra! Pero hay cosas que no se pueden comprar.
7. Y si aparece una persona libre, a mi alcance, obvio tal vez no se parezca en lo más mínimo a este amor platónico, y no sé si debería mantener ambos sentimientos conviviendo dentro mío, encontrándose o contraponiéndose.
8. A pesar de estos cuestionamientos, que tal vez no tienen ningún fundamento (estoy con los cables más cruzados que nunca), prefiero sentir un amor así, aunque platónico pero que me permite sentirme más viva y más feliz todos los días.
En medio de la interpretación de la banda (una versión acústica, que no interesa cuál es, así como no viene al caso mencionar quién tocaba), me di cuenta de lo que iba a pasar a partir de ese momento: había encontrado una suerte de amor, en el lugar menos esperado, la noche menos esperada. Digo suerte, porque se trata de un amor platónico que no sabía que estaba alojado en mi corazón. Lo descubrí, sentado en medio de un mundo de gente, con esa presencia suya tan intensa, de pronto contratastada por sus canas y esa mirada inocente y pícara a la vez.
Entonces, se dio la magia. Explosión de estrellas en el corazón, fuegos artificiales en la panza, tensión repentina en la garganta y la necesidad de tocar sus manos. Qué difícil tener la intención y no poder sencillamente acercarte como quieres.
El tiempo hizo lo suyo y poco a poco, terminamos frente a frente, conversando. A pesar del alcohol, se sentía lucidez en sus palabras y mucha cercanía.
Después de contarnos un poco el sentimiento, nos despedimos sin haber transgredido en nada las líneas del respeto. Y claro, es por eso que se convirtió en platónico.
Y a raíz de este encuentro (o re-encuentro de almas, como descubrí después), me quedé pensando en lo que significa amar platónicamente y si a estas alturas cabe o no en la vida de una persona arriesgarse a albergar tremendo sentimiento.
Llegué a hilar algunas ideas al respecto:
1. Según dicen por ahí, lo platónico es un absurdo. Si es amor, o queremos que sea amor, debería incluir piel, sangre, besos, cuerpos fundiéndose en una misma llama.
2. Lo platónico sólo es sueño, es ideal, utopía. Es abrir una ventana a una posibilidad y después abrir la puerta y esperar que de pronto un beso haga esto real. O que se dé un contacto distinto.
3. El miedo inunda, porque si abres la puerta, pasas las fronteras, las propias y seguramente las del otro, para dejar de ser ajenos. Entonces, muta y ya no sé si el sentimiento se mantiene tan virginal y diáfano.
4. Alimentar un sentimiento que nace de la nada, cuando no se puede hacer nada al respecto, duele y aunque el corazón late y fluye la sangre de otra manera y de pronto eres más feliz por el simple hecho de sentir algo tan hermoso, tal vez no hace más que atormentar.
5. Al ser platónico, es tan de lejos. Justamente no hay piel, no hay nada que vaya a quebrantar el sentimiento. No intervienen justificaciones, preguntas, respuestas. Sólo es lo que es.
6. Es injusto. Yo no sé por qué pasan estas cosas. No alcanzo a entender por qué te ponen a alguien delante o te pones delante de alguien con quien no puede pasar nada. Es como que te dicen: ¿quieres?, compra! Pero hay cosas que no se pueden comprar.
7. Y si aparece una persona libre, a mi alcance, obvio tal vez no se parezca en lo más mínimo a este amor platónico, y no sé si debería mantener ambos sentimientos conviviendo dentro mío, encontrándose o contraponiéndose.
8. A pesar de estos cuestionamientos, que tal vez no tienen ningún fundamento (estoy con los cables más cruzados que nunca), prefiero sentir un amor así, aunque platónico pero que me permite sentirme más viva y más feliz todos los días.
jueves, 12 de abril de 2007
"Touch and go"

Siempre que estoy sola en algún bar, me pregunto cuán difícil o fácil será “levantarse” a alguien. Entendamos por “levantar”, llevarse a alguien a la cama, pero no a un amigo o conocido, sino a un absoluto desconocido. Eso es lo que le da emoción, dicen por ahí.
Habemos muchas personas solas en el mundo. Muchos resolviendo nuestras vidas, o por lo menos tratando, después del corazón roto, después del abandono. O por ahí, sencillamente luego de una soledad prolongada por decisión propia. Y pues, todas esas personas solas, tenemos hormonas, y ganas de afecto, de recibir y dar cariño. No a una mascota necesariamente. Tal vez con el deseo de salirnos de esa rutina muy divertida en un principio, pero absolutamente vacía y desoladora a la larga, como es pasarse el tiempo saltando de brazo en brazo, o de cama en cama.
Y ya no depende si se trata de un hombre o una mujer. Todos, en determinado momento hacemos lo mismo. Ya, está bien. No sé si todos. Las “chicas bien”, dice que no, pero quién sabe. Al menos, en una ciudad boliviana, me han dicho sus mismos habitantes, que “las chicas bien se hacen, pero no son”.
Mi amiga Clara me contó una de sus aventuras “touch and go” y creo que vale la pena contarla, pues a parte de divertida, nos deja algo en qué pensar.
Una noche, Clara se sentía muy bajoneada, muy triste. Así, de pronto y sin ninguna razón coherente. Su primera medida ante la tristeza, fue pedirse una pizza familiar y sentarse a ver una película, que ya llegando a la mitad, le hizo derramar un par de lágrimas (obvio, Los Puentes de Madisson). Apagó el DVD y decidió salir a caminar un rato, pues de lo contrario se quedaría hundida en una depresión aún peor.
Se levantó de la cama, se puso un jean y una remera, el abrigo, las botas y salió, sólo con ganas de pasear y tomar aire.
A la vuelta de la esquina, había un bar. Y pasando por ahí, el dueño, que estaba afuera, la invitó a entrar y tomarse un vino con él. Así se pondrían al día, pues no se veían hacía tiempo. La charla estuvo muy entretenida un buen rato. Luego, este caballero tuvo que irse a acostar a sus guaguas. Y Clara se quedó sola. De pronto, entró en el bar un hombre muy guapo, extranjero a simple vista. Se sentó en una mesa, y después se fue al bar, junto a Clara, quien por demás encantada, le siguió la corriente y media hora más tarde, estaban en su departamento retozando entre la cocina y la sala.
Clara no lo podía creer. Un hombre guapo, buen tipo, tierno y sincero. “La lotería” , pensó ella mientras lo contemplaba dormir. Fue una noche de mucha pasión y también de promesas, o lo que ella creía promesas, al menos eso parecían. El tipo hablaba en francés todo el tiempo y Clara no entendía ni jota.
Finalmente, el sueño llegó a mi amiga y en apariencia al joven Venus.
Al día siguiente, despertó super relajada, sintiéndose bendecida por una noche tan romántica.
Buscó la notita de despedida, o de “nos vemos para el almuerzo”. Buscó y buscó, y no la encontró, como no encontró su dinero, ni mucha de su ropa fina, algunas joyas, chalinas y adornos de su sala.
Se sintió Geena Davis en “Thelma and Louise”, quiso salir corriendo a buscar al ladrón, pero ya era demasiado tarde.
Después del dolor de cabeza, de las náuseas y la depre, aún más severa que la de la noche antes, Clara pensó que no volvería a arriesgarse en un “touch and go” tan fácilmente.
martes, 3 de abril de 2007
“Yo no sé nada de sexo, siempre estuve casada”
Gabriela Acher nació en Uruguay, pero desarrolló su carrera como comediante y actriz en Buenos Aires. A lo largo de su trayectoria obtuvo diversos premios por sus trabajos en televisión y el teatro, pero también obtuvo un galardón por su lucha a favor de la igualdad entre mujeres y hombres. Es autora de varios libros de humor, entre ellos "Si soy tan inteligente, ¿por qué me enamoro como una imbécil?" y "Algo sobre mi madre (Todo sería demasiado)".
A continuación, anexo un escrito de esta mujer que me hizo reír y hacer una agradable pausa en el día a día. Esto, no por inspiración divina, sino gracias a mi amiga Cecilia, cómplice de mil aventuras.
"No se nace, sino que se deviene mujer"
Simone de Beauvoir
"Yo nací en Uruguay, porque en ese momento quería estar al lado de mi madre. Mis padres no eran pudientes, pero a mí no me privaron de nada. Yo tuve todos los complejos que quise. Pero mi llegada trajo alegría al hogar: al verme la cara, toda la familia lanzó una carcajada. Desde ese momento tomé conciencia de que mi destino era hacer reír.
Por aquella época, en Uruguay la televisión todavía no existía, así que mi hermanita y yo mirábamos la radio. Por supuesto que el sexo tampoco existía. Todos nacíamos de repollos o nos traían cigüeñas de París. La versión más revolucionaria era la de la semillita.
Sexo no, hermanas sí
Pero las hermanas mayores ya existían y yo tenía una, así que me pareció la persona más indicada para informarme cómo habla sido mi nacimiento. Me dijo que no sabía, porque yo era adoptada.
Y así crecí, sanita de la cabeza, con una sólida formación acerca de mis orígenes animales, vegetales o desconocidos. Para la hora de la primera menstruación, el evento me tomó tan de sorpresa que creí que había llegado el momento del juicio final. Pensé:¡Esto debe ser la muerte! (y le pegué en el palo). Por suerte, mi santa madre me dio una exhaustiva explicación que disipó todas mis dudas. Me dijo: "Ya sos señorita". La palabra "señorita"-dicha con una connotación tan seria y asociada con la sangre- me dio la certeza de que estaba ante una "enfermedad incurable".
Aterrorizada, fui a buscar al rabino de cabecera de la familia a ver si él podía darme alguna explicación que me consolara un poco. Lo encontré en la sinagoga, oficiando, pero no me dejaron acercarme a él ya que las mujeres en la sinagoga teníamos que ir al piso de arriba. Cuando finalmente le pregunté por qué, su respuesta me dejó helada. Me dijo: "Las mujeres tienen que ir al piso de arriba porque pueden estar sucias con la menstruación, y no deben estar cerca de las Tablas de la Ley".
El amor, la pasión y el matrimonio
¡Así fue cómo descubrí no sólo que la menstruación era algo que me ensuciaba a mí, sino que hasta podía llegar a salpicar a Dios! Desesperada, volví a mi casa y le pregunté a mi mamá: "Por favor, decime la verdad, yo sé que esto no tiene cura ¿voy a tener que pagarlo con la vida?". Pero ella, con su infinita sabiduría, me tranquilizó y me dijo: "Sí, querida, pero no te preocupes, que se paga en cómodas cuotas mensuales".
Algunos años más tarde, yo había dejado de crecer para arriba y había empezado a crecer para afuera. Me estaba convirtiendo en una mujer, pero me di cuenta de que yo no sabía lo que era una ser mujer porque todavía no había conocido el amor.
Empecé a desear conocer los goces del amor. Quería alcanzar esa felicidad que sólo da el amor. Quería vivir el éxtasis de la pasión. ¡Quería verle la cara a Dios...! Y eso... en aquella época... ¡se llamaba matrimonio! Recordé los consejos de mi madre, quien me advirtió que mi marido me iba a querer... "molestar" a menudo, pero ella me enseñó a distraerme y pensar en otra cosa. Y ése era el precio que había que pagar por el matrimonio -me dijo-. Él me daría su apellido y yo, a cambio, le tenía que entregar mi cuerpo.
Me di cuenta de que por el lado de mi familia, yo no iba a poder obtener ninguna respuesta satisfactoria para el tema del sexo, así que me fui a ver a mi mejor amiga, Becky, y ella me avivó de todo. Me dijo: "Mira muñeca, las mujeres, con el sexo, tenemos sólo dos posibilidades: ser vírgenes o ser frígidas". Yo elegí la frigidez. Que era igual que la virginidad, pero, por lo menos, ¡conocía gente! Así que durante años pensé que el sexo era una horrible obligación que Dios ponía sobre las mujeres, como la celulitis o los tacos altos. Y como se podrán imaginar, con semejante educación sexual, mi primer anticonceptivo fue la oración.
Muchos años más tarde, siendo ya una adulta, un día que encontré a mi mamá más comunicativa, me animé a preguntarle: "Mamá...¿porqué nunca me quisiste hablar sobre sexo?" Y ella me respondió: "Querida, porque yo no sé nada sobre sexo. Siempre estuve casada".
A continuación, anexo un escrito de esta mujer que me hizo reír y hacer una agradable pausa en el día a día. Esto, no por inspiración divina, sino gracias a mi amiga Cecilia, cómplice de mil aventuras.
"No se nace, sino que se deviene mujer"
Simone de Beauvoir
"Yo nací en Uruguay, porque en ese momento quería estar al lado de mi madre. Mis padres no eran pudientes, pero a mí no me privaron de nada. Yo tuve todos los complejos que quise. Pero mi llegada trajo alegría al hogar: al verme la cara, toda la familia lanzó una carcajada. Desde ese momento tomé conciencia de que mi destino era hacer reír.
Por aquella época, en Uruguay la televisión todavía no existía, así que mi hermanita y yo mirábamos la radio. Por supuesto que el sexo tampoco existía. Todos nacíamos de repollos o nos traían cigüeñas de París. La versión más revolucionaria era la de la semillita.
Sexo no, hermanas sí
Pero las hermanas mayores ya existían y yo tenía una, así que me pareció la persona más indicada para informarme cómo habla sido mi nacimiento. Me dijo que no sabía, porque yo era adoptada.
Y así crecí, sanita de la cabeza, con una sólida formación acerca de mis orígenes animales, vegetales o desconocidos. Para la hora de la primera menstruación, el evento me tomó tan de sorpresa que creí que había llegado el momento del juicio final. Pensé:¡Esto debe ser la muerte! (y le pegué en el palo). Por suerte, mi santa madre me dio una exhaustiva explicación que disipó todas mis dudas. Me dijo: "Ya sos señorita". La palabra "señorita"-dicha con una connotación tan seria y asociada con la sangre- me dio la certeza de que estaba ante una "enfermedad incurable".
Aterrorizada, fui a buscar al rabino de cabecera de la familia a ver si él podía darme alguna explicación que me consolara un poco. Lo encontré en la sinagoga, oficiando, pero no me dejaron acercarme a él ya que las mujeres en la sinagoga teníamos que ir al piso de arriba. Cuando finalmente le pregunté por qué, su respuesta me dejó helada. Me dijo: "Las mujeres tienen que ir al piso de arriba porque pueden estar sucias con la menstruación, y no deben estar cerca de las Tablas de la Ley".
El amor, la pasión y el matrimonio
¡Así fue cómo descubrí no sólo que la menstruación era algo que me ensuciaba a mí, sino que hasta podía llegar a salpicar a Dios! Desesperada, volví a mi casa y le pregunté a mi mamá: "Por favor, decime la verdad, yo sé que esto no tiene cura ¿voy a tener que pagarlo con la vida?". Pero ella, con su infinita sabiduría, me tranquilizó y me dijo: "Sí, querida, pero no te preocupes, que se paga en cómodas cuotas mensuales".
Algunos años más tarde, yo había dejado de crecer para arriba y había empezado a crecer para afuera. Me estaba convirtiendo en una mujer, pero me di cuenta de que yo no sabía lo que era una ser mujer porque todavía no había conocido el amor.
Empecé a desear conocer los goces del amor. Quería alcanzar esa felicidad que sólo da el amor. Quería vivir el éxtasis de la pasión. ¡Quería verle la cara a Dios...! Y eso... en aquella época... ¡se llamaba matrimonio! Recordé los consejos de mi madre, quien me advirtió que mi marido me iba a querer... "molestar" a menudo, pero ella me enseñó a distraerme y pensar en otra cosa. Y ése era el precio que había que pagar por el matrimonio -me dijo-. Él me daría su apellido y yo, a cambio, le tenía que entregar mi cuerpo.
Me di cuenta de que por el lado de mi familia, yo no iba a poder obtener ninguna respuesta satisfactoria para el tema del sexo, así que me fui a ver a mi mejor amiga, Becky, y ella me avivó de todo. Me dijo: "Mira muñeca, las mujeres, con el sexo, tenemos sólo dos posibilidades: ser vírgenes o ser frígidas". Yo elegí la frigidez. Que era igual que la virginidad, pero, por lo menos, ¡conocía gente! Así que durante años pensé que el sexo era una horrible obligación que Dios ponía sobre las mujeres, como la celulitis o los tacos altos. Y como se podrán imaginar, con semejante educación sexual, mi primer anticonceptivo fue la oración.
Muchos años más tarde, siendo ya una adulta, un día que encontré a mi mamá más comunicativa, me animé a preguntarle: "Mamá...¿porqué nunca me quisiste hablar sobre sexo?" Y ella me respondió: "Querida, porque yo no sé nada sobre sexo. Siempre estuve casada".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)