Mi madre me preguntó hace un para de días: ¿te has puesto a pensar en las veces que nos hacemos dar ataquito contra los hombres, sin motivo?” No lo había hecho concientemente hasta ese momento, en el que se inició una conversación bastante divertida con “donna Elena”, como le digo a mi mamá.
Pienso, entonces, en las veces que las mujeres nos hacemos dar ataques de rabia y obvio quienes pagan son los hombres. Claro, esto para quienes están en pareja, casadas o no. De lo contrario, paga el compañero de trabajo, el taxista, el vecino o el amigo que esté a nuestro lado.
También pienso en las veces que nos quedamos sin palabras cuando un novio – al que amamos locamente-, nos deja para irse con otra, o sencillamente “porque necesita un tiempo” y se lo toma con toda la paciencia y jamás regresa. Y en las veces, muchísimas veces, en las que somos nosotras quienes nos alejamos, sin decir nada, así para que quede claro que no tenemos responsabilidad alguna en el tema. Aunque sabemos que somos las directas autoras, intelectuales y materiales de la ruptura. Por indecisión, por hartazgo, o por lo que fuera (y existe un rosario de razones).
Lo anterior, me hace reflexionar e ir un poco más allá de lo anecdótico o gracioso de mi conversación.
En esta época, ya no sé cómo son las relaciones. Hay de todo, según sé. Desde las serias y formales que terminan en boda, hasta las absolutamente casuales (touch and go). En ambos casos (opuestos absolutos), pasan cosas, se dicen cosas y al final es lo mismo: casual o causal, terminas en un rollo alucinante.
Un ejemplo:
Hace un tiempo, unos amigos decidieron casarse. Estaban super felices. No sé quién estaba más feliz, si él o ella. Así fue en un inicio, desde que se comprometieron, hasta que empezaron a organizar la boda, momento en el cual, y gracias a la intervención de las partes en cuestión (madre de la novia y madre del novio), los problemas empezaron a anotarse en la larga lista de pendientes.
Durante 6 meses se discutió el menú, el vestido, el lugar donde se haría la fiesta, si habría fiesta o no, si habría mariachis o banda, un DJ o un trovador. Que si la cantante para el Ave María no era la indicada, que muy chillona, etc…
Llegó el día y la novia había perdido casi 6 kilos (con lo que se la veía super bien, pero algo demacrada). El novio, por el contrario, había adquirido una cara de patán que nadie le conocía, y las respectivas suegras… con cara de “yo no fui”, felices de sus logros.
La fiesta transcurrió sin contratiempos. Es más, fue una de las bodas más lindas a las que asistí. Mis amigos, a pesar de los pesares, ya eran marido y mujer.
Se fueron de luna de miel a Santiago de Chile y por supuesto, la pasaron de rechupete.
En cuanto regresaron, ella me llamó y me invitó a la nueva casa, que quedó muy bonita. Era como estar en la habitación de mi amiga, pero más grande. Nos pusimos a conversar sobre la boda. Obviamente había que contarle detalles que no presenció, como la borrachera que se pegó su hermano dando un espectáculo poco agradable. O los bailes de la tía abuela del novio con un amigo nuestro. Y demás chistes típicos de las bodas.
El caso es que en medio de un sollozo, me dijo: Camila, no sé qué hice. No sé si está bien haberme casado o no. Yo lo amo, pero no sé si estoy segura. Por supuesto me quedé seca, y tuve que disimular, ya que si ponía cara de susto, la chica se iba a poner peor. Y claro, hablamos largo y tendido sobre el amor, el real y el ficticio (porque existe y no son cuentos); sobre la importancia de ceder, de sonreír y tratar de llevar las cosas adelante. Y por último, llegamos a la triste conclusión: “total, si no funciona, te divorcias”.
Mientras regresaba a mi casa, me entró una especie de pánico al pensar que las dudas siguen aún después del “Sí, quiero”. Que no importa cuánto ames a alguien, igual te da chucaque o te ataca el miedo después de la luna de miel…
Puede que no, y sé que no le pasa esto a todo el mundo. De todas maneras, a mi edad y sin haber elegido casarme todavía, me queda la duda si el matrimonio es lo ideal, o si mejor se disfruta del sirwiñaku a largo plazo.
2 comentarios:
La organización del matriqui es una jodencia. Yo ya estaba casi decidida a ser madre soltera, pues uno de los invitados a mi boda era mi Rodri que estaba en mi barriga.
Te peleas por todo y por nada es una vaina, que si los sobres de las invitaciones están mal, que si invitas a X y no invitas a Y es un kilombo, pero pasa.
Y siempre te van a venir dudas. Hay días en que te levantas lo miras al de tu lado y es amor loco. Otros te despiertas y dices "quién es este baboso" y que mejor ni te salude. Si te contara las veces que me he desenamorado de mi esposo y las miles de veces que me he vuelto a enamorar del muy.
En fin, casarse o vivir con alguien es casi lo mismo, pero al casarte hay el bollo de papeles y compromisos con la sociedad así que eso es más "estresante".
En resumen: amar es una DECISIÓN de cada día, así como los alcohólicos: en vez de decir "hoy no bebo" dices; hoy lo amo a este. Si ese de tu lado decide hacer lo mismo la cosa va nomás. Claro que nada es definitivo, nadie sabe qué puede pasar mañana.
Tienes toda la razón. Y bueno, yo no estuve casada, pero casi. O tal vez sí, sin papeles. Al final, es medio lo mjismo nomás. Y pues hubo mucho amor... después ya no tanto. Y hoy, sabiendo tantos cuentos, pues me pongo a pensar si de una vez me animo y soy amdre soltera o si sigo en espera del alma gemela... Gracias Cápsula por tus comentarios. Un abrazo.
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