
Siempre que estoy sola en algún bar, me pregunto cuán difícil o fácil será “levantarse” a alguien. Entendamos por “levantar”, llevarse a alguien a la cama, pero no a un amigo o conocido, sino a un absoluto desconocido. Eso es lo que le da emoción, dicen por ahí.
Habemos muchas personas solas en el mundo. Muchos resolviendo nuestras vidas, o por lo menos tratando, después del corazón roto, después del abandono. O por ahí, sencillamente luego de una soledad prolongada por decisión propia. Y pues, todas esas personas solas, tenemos hormonas, y ganas de afecto, de recibir y dar cariño. No a una mascota necesariamente. Tal vez con el deseo de salirnos de esa rutina muy divertida en un principio, pero absolutamente vacía y desoladora a la larga, como es pasarse el tiempo saltando de brazo en brazo, o de cama en cama.
Y ya no depende si se trata de un hombre o una mujer. Todos, en determinado momento hacemos lo mismo. Ya, está bien. No sé si todos. Las “chicas bien”, dice que no, pero quién sabe. Al menos, en una ciudad boliviana, me han dicho sus mismos habitantes, que “las chicas bien se hacen, pero no son”.
Mi amiga Clara me contó una de sus aventuras “touch and go” y creo que vale la pena contarla, pues a parte de divertida, nos deja algo en qué pensar.
Una noche, Clara se sentía muy bajoneada, muy triste. Así, de pronto y sin ninguna razón coherente. Su primera medida ante la tristeza, fue pedirse una pizza familiar y sentarse a ver una película, que ya llegando a la mitad, le hizo derramar un par de lágrimas (obvio, Los Puentes de Madisson). Apagó el DVD y decidió salir a caminar un rato, pues de lo contrario se quedaría hundida en una depresión aún peor.
Se levantó de la cama, se puso un jean y una remera, el abrigo, las botas y salió, sólo con ganas de pasear y tomar aire.
A la vuelta de la esquina, había un bar. Y pasando por ahí, el dueño, que estaba afuera, la invitó a entrar y tomarse un vino con él. Así se pondrían al día, pues no se veían hacía tiempo. La charla estuvo muy entretenida un buen rato. Luego, este caballero tuvo que irse a acostar a sus guaguas. Y Clara se quedó sola. De pronto, entró en el bar un hombre muy guapo, extranjero a simple vista. Se sentó en una mesa, y después se fue al bar, junto a Clara, quien por demás encantada, le siguió la corriente y media hora más tarde, estaban en su departamento retozando entre la cocina y la sala.
Clara no lo podía creer. Un hombre guapo, buen tipo, tierno y sincero. “La lotería” , pensó ella mientras lo contemplaba dormir. Fue una noche de mucha pasión y también de promesas, o lo que ella creía promesas, al menos eso parecían. El tipo hablaba en francés todo el tiempo y Clara no entendía ni jota.
Finalmente, el sueño llegó a mi amiga y en apariencia al joven Venus.
Al día siguiente, despertó super relajada, sintiéndose bendecida por una noche tan romántica.
Buscó la notita de despedida, o de “nos vemos para el almuerzo”. Buscó y buscó, y no la encontró, como no encontró su dinero, ni mucha de su ropa fina, algunas joyas, chalinas y adornos de su sala.
Se sintió Geena Davis en “Thelma and Louise”, quiso salir corriendo a buscar al ladrón, pero ya era demasiado tarde.
Después del dolor de cabeza, de las náuseas y la depre, aún más severa que la de la noche antes, Clara pensó que no volvería a arriesgarse en un “touch and go” tan fácilmente.