jueves, 12 de abril de 2007

"Touch and go"


Siempre que estoy sola en algún bar, me pregunto cuán difícil o fácil será “levantarse” a alguien. Entendamos por “levantar”, llevarse a alguien a la cama, pero no a un amigo o conocido, sino a un absoluto desconocido. Eso es lo que le da emoción, dicen por ahí.

Habemos muchas personas solas en el mundo. Muchos resolviendo nuestras vidas, o por lo menos tratando, después del corazón roto, después del abandono. O por ahí, sencillamente luego de una soledad prolongada por decisión propia. Y pues, todas esas personas solas, tenemos hormonas, y ganas de afecto, de recibir y dar cariño. No a una mascota necesariamente. Tal vez con el deseo de salirnos de esa rutina muy divertida en un principio, pero absolutamente vacía y desoladora a la larga, como es pasarse el tiempo saltando de brazo en brazo, o de cama en cama.

Y ya no depende si se trata de un hombre o una mujer. Todos, en determinado momento hacemos lo mismo. Ya, está bien. No sé si todos. Las “chicas bien”, dice que no, pero quién sabe. Al menos, en una ciudad boliviana, me han dicho sus mismos habitantes, que “las chicas bien se hacen, pero no son”.

Mi amiga Clara me contó una de sus aventuras “touch and go” y creo que vale la pena contarla, pues a parte de divertida, nos deja algo en qué pensar.

Una noche, Clara se sentía muy bajoneada, muy triste. Así, de pronto y sin ninguna razón coherente. Su primera medida ante la tristeza, fue pedirse una pizza familiar y sentarse a ver una película, que ya llegando a la mitad, le hizo derramar un par de lágrimas (obvio, Los Puentes de Madisson). Apagó el DVD y decidió salir a caminar un rato, pues de lo contrario se quedaría hundida en una depresión aún peor.

Se levantó de la cama, se puso un jean y una remera, el abrigo, las botas y salió, sólo con ganas de pasear y tomar aire.

A la vuelta de la esquina, había un bar. Y pasando por ahí, el dueño, que estaba afuera, la invitó a entrar y tomarse un vino con él. Así se pondrían al día, pues no se veían hacía tiempo. La charla estuvo muy entretenida un buen rato. Luego, este caballero tuvo que irse a acostar a sus guaguas. Y Clara se quedó sola. De pronto, entró en el bar un hombre muy guapo, extranjero a simple vista. Se sentó en una mesa, y después se fue al bar, junto a Clara, quien por demás encantada, le siguió la corriente y media hora más tarde, estaban en su departamento retozando entre la cocina y la sala.

Clara no lo podía creer. Un hombre guapo, buen tipo, tierno y sincero. “La lotería” , pensó ella mientras lo contemplaba dormir. Fue una noche de mucha pasión y también de promesas, o lo que ella creía promesas, al menos eso parecían. El tipo hablaba en francés todo el tiempo y Clara no entendía ni jota.

Finalmente, el sueño llegó a mi amiga y en apariencia al joven Venus.

Al día siguiente, despertó super relajada, sintiéndose bendecida por una noche tan romántica.

Buscó la notita de despedida, o de “nos vemos para el almuerzo”. Buscó y buscó, y no la encontró, como no encontró su dinero, ni mucha de su ropa fina, algunas joyas, chalinas y adornos de su sala.

Se sintió Geena Davis en “Thelma and Louise”, quiso salir corriendo a buscar al ladrón, pero ya era demasiado tarde.

Después del dolor de cabeza, de las náuseas y la depre, aún más severa que la de la noche antes, Clara pensó que no volvería a arriesgarse en un “touch and go” tan fácilmente.

martes, 3 de abril de 2007

“Yo no sé nada de sexo, siempre estuve casada”

Gabriela Acher nació en Uruguay, pero desarrolló su carrera como comediante y actriz en Buenos Aires. A lo largo de su trayectoria obtuvo diversos premios por sus trabajos en televisión y el teatro, pero también obtuvo un galardón por su lucha a favor de la igualdad entre mujeres y hombres. Es autora de varios libros de humor, entre ellos "Si soy tan inteligente, ¿por qué me enamoro como una imbécil?" y "Algo sobre mi madre (Todo sería demasiado)".

A continuación, anexo un escrito de esta mujer que me hizo reír y hacer una agradable pausa en el día a día. Esto, no por inspiración divina, sino gracias a mi amiga Cecilia, cómplice de mil aventuras.

"No se nace, sino que se deviene mujer"
Simone de Beauvoir

"Yo nací en Uruguay, porque en ese momento quería estar al lado de mi madre. Mis padres no eran pudientes, pero a mí no me privaron de nada. Yo tuve todos los complejos que quise. Pero mi llegada trajo alegría al hogar: al verme la cara, toda la familia lanzó una carcajada. Desde ese momento tomé conciencia de que mi destino era hacer reír.

Por aquella época, en Uruguay la televisión todavía no existía, así que mi hermanita y yo mirábamos la radio. Por supuesto que el sexo tampoco existía. Todos nacíamos de repollos o nos traían cigüeñas de París. La versión más revolucionaria era la de la semillita.

Sexo no, hermanas sí

Pero las hermanas mayores ya existían y yo tenía una, así que me pareció la persona más indicada para informarme cómo habla sido mi nacimiento. Me dijo que no sabía, porque yo era adoptada.

Y así crecí, sanita de la cabeza, con una sólida formación acerca de mis orígenes animales, vegetales o desconocidos. Para la hora de la primera menstruación, el evento me tomó tan de sorpresa que creí que había llegado el momento del juicio final. Pensé:¡Esto debe ser la muerte! (y le pegué en el palo). Por suerte, mi santa madre me dio una exhaustiva explicación que disipó todas mis dudas. Me dijo: "Ya sos señorita". La palabra "señorita"-dicha con una connotación tan seria y asociada con la sangre- me dio la certeza de que estaba ante una "enfermedad incurable".

Aterrorizada, fui a buscar al rabino de cabecera de la familia a ver si él podía darme alguna explicación que me consolara un poco. Lo encontré en la sinagoga, oficiando, pero no me dejaron acercarme a él ya que las mujeres en la sinagoga teníamos que ir al piso de arriba. Cuando finalmente le pregunté por qué, su respuesta me dejó helada. Me dijo: "Las mujeres tienen que ir al piso de arriba porque pueden estar sucias con la menstruación, y no deben estar cerca de las Tablas de la Ley".

El amor, la pasión y el matrimonio

¡Así fue cómo descubrí no sólo que la menstruación era algo que me ensuciaba a mí, sino que hasta podía llegar a salpicar a Dios! Desesperada, volví a mi casa y le pregunté a mi mamá: "Por favor, decime la verdad, yo sé que esto no tiene cura ¿voy a tener que pagarlo con la vida?". Pero ella, con su infinita sabiduría, me tranquilizó y me dijo: "Sí, querida, pero no te preocupes, que se paga en cómodas cuotas mensuales".

Algunos años más tarde, yo había dejado de crecer para arriba y había empezado a crecer para afuera. Me estaba convirtiendo en una mujer, pero me di cuenta de que yo no sabía lo que era una ser mujer porque todavía no había conocido el amor.

Empecé a desear conocer los goces del amor. Quería alcanzar esa felicidad que sólo da el amor. Quería vivir el éxtasis de la pasión. ¡Quería verle la cara a Dios...! Y eso... en aquella época... ¡se llamaba matrimonio! Recordé los consejos de mi madre, quien me advirtió que mi marido me iba a querer... "molestar" a menudo, pero ella me enseñó a distraerme y pensar en otra cosa. Y ése era el precio que había que pagar por el matrimonio -me dijo-. Él me daría su apellido y yo, a cambio, le tenía que entregar mi cuerpo.

Me di cuenta de que por el lado de mi familia, yo no iba a poder obtener ninguna respuesta satisfactoria para el tema del sexo, así que me fui a ver a mi mejor amiga, Becky, y ella me avivó de todo. Me dijo: "Mira muñeca, las mujeres, con el sexo, tenemos sólo dos posibilidades: ser vírgenes o ser frígidas". Yo elegí la frigidez. Que era igual que la virginidad, pero, por lo menos, ¡conocía gente! Así que durante años pensé que el sexo era una horrible obligación que Dios ponía sobre las mujeres, como la celulitis o los tacos altos. Y como se podrán imaginar, con semejante educación sexual, mi primer anticonceptivo fue la oración.

Muchos años más tarde, siendo ya una adulta, un día que encontré a mi mamá más comunicativa, me animé a preguntarle: "Mamá...¿porqué nunca me quisiste hablar sobre sexo?" Y ella me respondió: "Querida, porque yo no sé nada sobre sexo. Siempre estuve casada".