Siempre que atravieso momentos duros gracias a las decepciones amorosas, pienso en la canción de Silvio, "Son desangrado". Y veo cómo mi corazón quiere saltar pozos grandes, tal vez demasiado... Y hay otras en las que cruza charquitos, de un salto.
Sea como fuere, el corazón tiene esas ansias de saltar. No sé en qué momento tiene más ganas. No sé si después de una ruptura, no sé si después de un largo duelo. De pronto te dicen: "oye, de una vez, conseguite un galán". Y otros: "mejor te quedas sola un tiempo, sin nadie. Y así, haces lo que te dé la gana."
No sé qué receta es mejor. Creo que no existe una fórmula para curar un corazón desangrado. Es extraño, porque cuando se vacía/desangra, puede llegar a ser tan drástica la situación, que dejas de sentir. Es como vivir en una suerte de espacio en silencio absoluto. La nada.
¿Y si no está del todo vacío, cómo lo vuelves a llenar? Seguramente no habrá espacio para que entre algo nuevo y viene a ser peor, pues llenas y llenas, donde está lleno (valga la reundancia), y después se arma el bochinche, pues ya no es un corazón roto, sino dos. Y nadie entiende nada, y se dicen cosas muy dolorosas y el típico "esto no funciona". Y claro, no puede funcionar, pues una no está curada.
Muchas veces, mi tía Vicky, me decía que debía dedicarme a mí después de haber terminado una relación: me sugirió ir al cine, a tomar clases de alemán, italiano o francés; fecuentar a las amigas; ir al gimnasio, caminar, comer chocolates y fumar y beber menos.
No le había hecho caso hasta ahora que encuentro mucha satisfacción al ir a un gimnasio, pues me relajo mucho. Paso un tiempo escribiendo y leyendo. Voy al cine, veo películas en mi casa; paso un tiempo con mis amigos y camino largos trechos.
Mi corazón se va llenando de a poco, de mí misma, de las cosas que me gustan y de los momentos en que aprecio vivir. Observo mucho, cierro los ojos y siento el viento en la cara, imagino mundos paralelos, y creo que recupero un poco la capacidad de soñar, tan importante como comer, dormir o respirar.
Y creo que vale la pena, sea cual sea el motivo de dolor, darse un espacio para uno, abrir nuestra propia puerta y permitirnos salir, para curiosear un poco por ahí afuera.
Una se encuentra con muchas sopresas, agradables o no, pero sorpresas que te abren los sentidos y te ayudan a creer otra vez.
lunes, 26 de marzo de 2007
viernes, 23 de marzo de 2007
"Si, quiero... ¿o ya no quiero?"
Mi madre me preguntó hace un para de días: ¿te has puesto a pensar en las veces que nos hacemos dar ataquito contra los hombres, sin motivo?” No lo había hecho concientemente hasta ese momento, en el que se inició una conversación bastante divertida con “donna Elena”, como le digo a mi mamá.
Pienso, entonces, en las veces que las mujeres nos hacemos dar ataques de rabia y obvio quienes pagan son los hombres. Claro, esto para quienes están en pareja, casadas o no. De lo contrario, paga el compañero de trabajo, el taxista, el vecino o el amigo que esté a nuestro lado.
También pienso en las veces que nos quedamos sin palabras cuando un novio – al que amamos locamente-, nos deja para irse con otra, o sencillamente “porque necesita un tiempo” y se lo toma con toda la paciencia y jamás regresa. Y en las veces, muchísimas veces, en las que somos nosotras quienes nos alejamos, sin decir nada, así para que quede claro que no tenemos responsabilidad alguna en el tema. Aunque sabemos que somos las directas autoras, intelectuales y materiales de la ruptura. Por indecisión, por hartazgo, o por lo que fuera (y existe un rosario de razones).
Lo anterior, me hace reflexionar e ir un poco más allá de lo anecdótico o gracioso de mi conversación.
En esta época, ya no sé cómo son las relaciones. Hay de todo, según sé. Desde las serias y formales que terminan en boda, hasta las absolutamente casuales (touch and go). En ambos casos (opuestos absolutos), pasan cosas, se dicen cosas y al final es lo mismo: casual o causal, terminas en un rollo alucinante.
Un ejemplo:
Hace un tiempo, unos amigos decidieron casarse. Estaban super felices. No sé quién estaba más feliz, si él o ella. Así fue en un inicio, desde que se comprometieron, hasta que empezaron a organizar la boda, momento en el cual, y gracias a la intervención de las partes en cuestión (madre de la novia y madre del novio), los problemas empezaron a anotarse en la larga lista de pendientes.
Durante 6 meses se discutió el menú, el vestido, el lugar donde se haría la fiesta, si habría fiesta o no, si habría mariachis o banda, un DJ o un trovador. Que si la cantante para el Ave María no era la indicada, que muy chillona, etc…
Llegó el día y la novia había perdido casi 6 kilos (con lo que se la veía super bien, pero algo demacrada). El novio, por el contrario, había adquirido una cara de patán que nadie le conocía, y las respectivas suegras… con cara de “yo no fui”, felices de sus logros.
La fiesta transcurrió sin contratiempos. Es más, fue una de las bodas más lindas a las que asistí. Mis amigos, a pesar de los pesares, ya eran marido y mujer.
Se fueron de luna de miel a Santiago de Chile y por supuesto, la pasaron de rechupete.
En cuanto regresaron, ella me llamó y me invitó a la nueva casa, que quedó muy bonita. Era como estar en la habitación de mi amiga, pero más grande. Nos pusimos a conversar sobre la boda. Obviamente había que contarle detalles que no presenció, como la borrachera que se pegó su hermano dando un espectáculo poco agradable. O los bailes de la tía abuela del novio con un amigo nuestro. Y demás chistes típicos de las bodas.
El caso es que en medio de un sollozo, me dijo: Camila, no sé qué hice. No sé si está bien haberme casado o no. Yo lo amo, pero no sé si estoy segura. Por supuesto me quedé seca, y tuve que disimular, ya que si ponía cara de susto, la chica se iba a poner peor. Y claro, hablamos largo y tendido sobre el amor, el real y el ficticio (porque existe y no son cuentos); sobre la importancia de ceder, de sonreír y tratar de llevar las cosas adelante. Y por último, llegamos a la triste conclusión: “total, si no funciona, te divorcias”.
Mientras regresaba a mi casa, me entró una especie de pánico al pensar que las dudas siguen aún después del “Sí, quiero”. Que no importa cuánto ames a alguien, igual te da chucaque o te ataca el miedo después de la luna de miel…
Puede que no, y sé que no le pasa esto a todo el mundo. De todas maneras, a mi edad y sin haber elegido casarme todavía, me queda la duda si el matrimonio es lo ideal, o si mejor se disfruta del sirwiñaku a largo plazo.
Pienso, entonces, en las veces que las mujeres nos hacemos dar ataques de rabia y obvio quienes pagan son los hombres. Claro, esto para quienes están en pareja, casadas o no. De lo contrario, paga el compañero de trabajo, el taxista, el vecino o el amigo que esté a nuestro lado.
También pienso en las veces que nos quedamos sin palabras cuando un novio – al que amamos locamente-, nos deja para irse con otra, o sencillamente “porque necesita un tiempo” y se lo toma con toda la paciencia y jamás regresa. Y en las veces, muchísimas veces, en las que somos nosotras quienes nos alejamos, sin decir nada, así para que quede claro que no tenemos responsabilidad alguna en el tema. Aunque sabemos que somos las directas autoras, intelectuales y materiales de la ruptura. Por indecisión, por hartazgo, o por lo que fuera (y existe un rosario de razones).
Lo anterior, me hace reflexionar e ir un poco más allá de lo anecdótico o gracioso de mi conversación.
En esta época, ya no sé cómo son las relaciones. Hay de todo, según sé. Desde las serias y formales que terminan en boda, hasta las absolutamente casuales (touch and go). En ambos casos (opuestos absolutos), pasan cosas, se dicen cosas y al final es lo mismo: casual o causal, terminas en un rollo alucinante.
Un ejemplo:
Hace un tiempo, unos amigos decidieron casarse. Estaban super felices. No sé quién estaba más feliz, si él o ella. Así fue en un inicio, desde que se comprometieron, hasta que empezaron a organizar la boda, momento en el cual, y gracias a la intervención de las partes en cuestión (madre de la novia y madre del novio), los problemas empezaron a anotarse en la larga lista de pendientes.
Durante 6 meses se discutió el menú, el vestido, el lugar donde se haría la fiesta, si habría fiesta o no, si habría mariachis o banda, un DJ o un trovador. Que si la cantante para el Ave María no era la indicada, que muy chillona, etc…
Llegó el día y la novia había perdido casi 6 kilos (con lo que se la veía super bien, pero algo demacrada). El novio, por el contrario, había adquirido una cara de patán que nadie le conocía, y las respectivas suegras… con cara de “yo no fui”, felices de sus logros.
La fiesta transcurrió sin contratiempos. Es más, fue una de las bodas más lindas a las que asistí. Mis amigos, a pesar de los pesares, ya eran marido y mujer.
Se fueron de luna de miel a Santiago de Chile y por supuesto, la pasaron de rechupete.
En cuanto regresaron, ella me llamó y me invitó a la nueva casa, que quedó muy bonita. Era como estar en la habitación de mi amiga, pero más grande. Nos pusimos a conversar sobre la boda. Obviamente había que contarle detalles que no presenció, como la borrachera que se pegó su hermano dando un espectáculo poco agradable. O los bailes de la tía abuela del novio con un amigo nuestro. Y demás chistes típicos de las bodas.
El caso es que en medio de un sollozo, me dijo: Camila, no sé qué hice. No sé si está bien haberme casado o no. Yo lo amo, pero no sé si estoy segura. Por supuesto me quedé seca, y tuve que disimular, ya que si ponía cara de susto, la chica se iba a poner peor. Y claro, hablamos largo y tendido sobre el amor, el real y el ficticio (porque existe y no son cuentos); sobre la importancia de ceder, de sonreír y tratar de llevar las cosas adelante. Y por último, llegamos a la triste conclusión: “total, si no funciona, te divorcias”.
Mientras regresaba a mi casa, me entró una especie de pánico al pensar que las dudas siguen aún después del “Sí, quiero”. Que no importa cuánto ames a alguien, igual te da chucaque o te ataca el miedo después de la luna de miel…
Puede que no, y sé que no le pasa esto a todo el mundo. De todas maneras, a mi edad y sin haber elegido casarme todavía, me queda la duda si el matrimonio es lo ideal, o si mejor se disfruta del sirwiñaku a largo plazo.
Para compartir
Siempre he tenido el gusto de escuchar a mis amigos y amigas en cuanto a sus problemas emocionales y de pareja. Esto me ha ayudado mucho a crecer como ser humano y a aprender de las historias de otros, que la mayoría de las veces nos abren los ojos cuando de pronto nos está pasando algo similar y nos ayudan a resolver nuestros dramas.
Hace mucho tiempo que tenía ganas de publicar un blog para poder exponer algunas de mis experiencias personales, historias de otros (ojo, que sin nombre y apellido, pues se debe respetar la privacidad) y vivencias que estoy segura ayudarán a más de uno-una, a sentirse por ahí un poco mejor en medio de las tormentas y tormentos amorosos. Pues existe algo que se llama identificación y consuela saber que hay otros pasndo por lo mismo y que no somos los únicos con el corazón roto o con cara de opa cuando estamos enamorados.
Espero que disfruten de este espacio.
Hace mucho tiempo que tenía ganas de publicar un blog para poder exponer algunas de mis experiencias personales, historias de otros (ojo, que sin nombre y apellido, pues se debe respetar la privacidad) y vivencias que estoy segura ayudarán a más de uno-una, a sentirse por ahí un poco mejor en medio de las tormentas y tormentos amorosos. Pues existe algo que se llama identificación y consuela saber que hay otros pasndo por lo mismo y que no somos los únicos con el corazón roto o con cara de opa cuando estamos enamorados.
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